27 de agosto de 2013

Si aquel día en algún lugar cerca de Salinas

Redescubro a Janis Joplin gracias a Hans Ulrich Gumbrecht, un original teórico de la literatura nacido hace sesenta y cinco años en Alemania, estudiante en media Europa y después profesor en Norteamérica, que en su último libro traducido ha querido acercarse a los estados de ánimo —o Stimmungen— que transmiten ciertas creaciones del espíritu. Por ejemplo, algunas pinturas de Friedrich, los sonetos de Shakespeare o una novela de Diderot, y obviamente, esta canción grabada por Joplin pocos días antes de su muerte, en octubre de 1970.


Para Gumbrecht existen determinados iconos, como Woodstock, Berkeley o París, como Hendrix, Joplin o los Rolling Stones, que forman parte de la memoria sentimental de una generación, la suya, que creció en los años sesenta, y que desde entonces permanece en un lento presente que sigue mirando hacia ese pasado congelado en una eterna juventud. Los nombres y las voces de entonces son hoy cajas de resonancia que todavía transportan la carga eléctrica de aquel tiempo, y que desprenden una miríada de imágenes a medio camino entre el ensueño y la evocación.

Y una de esas voces, que viene a nuestro encuentro con una desgarrada delicadeza, es la de Janis Joplin en Me and Bobby McGee, el relato de un largo recorrido desde una Luisiana lluviosa hasta el sol de California. Todo empieza cuando Bobby detiene un camión en Baton Rouge, y los dos suben a él rumbo a Nueva Orleans. En la carretera, cantan juntos todas las canciones que conoce el conductor. Es fácil sentirse bien cantando blues, y eso es suficiente para ella y para él. Después emprenden otro viaje, que debe llevarlos desde las minas de carbón de Kentucky a la costa de San Francisco. Comparten entonces los secretos de su alma y Bobby la protege en todas las circunstancias. Atraviesan así una América de horizontes abiertos y belleza tostada, y experimentan esa libertad que consiste en no mirar atrás.



Pero un día, cerca de Salinas, ella lo deja marchar. Bobby desaparece de súbito, tal vez arrastrado por la nostalgia de un hogar, o quizá queriendo escapar de las ataduras de una libertad que conlleva no detener nunca la marcha y seguir siempre adelante. Ella dice:
He’s lookin’ for that home, and I hope he finds it
But I’d trade all of my tomorrows for one single yesterday
To be holdin’ Bobby’s body next to mine
Y su voz parece derretirse, como los relojes de Dalí, al terminar esta frase. Para ella la libertad no era más que no tener nada que perder, y nada es lo que Bobby le deja tras su marcha. Pero ella cambiaría todos sus mañanas por un ayer junto a él, pues ha perdido esa felicidad que no sabe del tiempo ni de ausencias, y ha descubierto trágicamente la sangrante persistencia del recuerdo, que transforma su presente en un duelo permanente. Al cabo, las palabras se diluyen en la música y el nombre de Bobby resuena como un conjuro que intenta en vano traer de vuelta su presencia.

A semejanza de ese viaje, los años sesenta fueron como una primavera que contenía la promesa de un larguísimo verano, pero que desembocó en un otoño inclemente. La canción de Joplin, con sus expresivas modulaciones y sus cambios de tono, nos recuerda el estado de ánimo de una libertad perdida, que no logró sustraerse a la lógica del mercado y buscó en exceso refugio en la droga. Y, a la vez, nos permite descubrir la profunda cicatriz abierta en el dorso de una generación que quiso liberarse de la carga del pasado pero quedó varada en un presente pantanoso y espeso, atravesado dolorosamente por la conciencia impotente de su incompletud.

Para saber más, Hans Ulrich Gumbrecht: Stimmungen / Estados de ánimo. Sobre una ontología de la literatura, Murcia, Tres Fronteras, 2011.